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miércoles, 30 de junio de 2010

Cuatro estaciones

Cierro mis ojos
suavemente apareces
sobre mi nube de sueño;
cascadas de imágenes
me muestran tu rostro alegre
correteando bosques de otoño,
bajo difusas luces
que revelan tu presencia.
Un blanco vestido
cubre tu fragilidad
tejida con finas hebras
de la más pura seda.

Lentamente el sol desaparece
y sólo tu cara basta
para hacer de la noche el día,
sólo tus labios bastan
para saber lo que son los trinos,
sólo nuestros ojos bastan
para saber de sentimientos,
y aunque estés hecha de fuego
sólo tus manos bastan
para que corra contigo.

Las hojas caídas me envidian
el calor de tu cuerpo, un sol.
Aunque me alejo te encuentro,
hueles a tierra, bosque, lluvia,
riesgo, estrellas, flores y nubes,
hueles a viento, a mar, a juegos,
incluso a playa desierta.

La brisa juega contigo
meciéndote temerosa,
reclamando la dulzura
que a todos entregas,
porque sabes a belleza,
a cielo, sonrisas o a fuego,
a música, tormentas y libros,
a ríos de palabras de aliento
o a un beso en suspenso.

Dispersas la niebla matutina
con tu vuelo de mariposa,
y me impides caer
por la helada cascada.
El invernal manto
huye de tu primavera
cuando riendo pintas
con tu pincel de armonía
en al plata del firmamento
los colores de la felicidad.

Mis energías te debo
porque dentro mío lates
alimentándome de amor
como una fuente de vida.
Ni los bosques más verdes
ni las más fértiles tierras
o el océano más claro
pueden asemejarse
al color de tus ojos
que definir no puedo.

Abro mis ojos
suavemente apareces
sonriendo con tu mirada,
y casi soñando
al fin llegamos
a los cálidos días
de nuestro verano.